Héctor Suárez: “Soy un ñero venido a más”

La comedia y el trabajo social han sido motores de su carrera.

Su próximo proyecto televisivo, Ahí va el golpe.

Por: Alberto Legorreta


Héctor Suárez, uno de los comediantes más reconocidos de México, dice que su carrera comenzó por accidente. “Yo estudiaba para arquitecto en el Poli, vivía en un cuartito con mi abuela y con mi hermano. Mi restirador era un pedazo de madera de triplay amarrado con mecates, no tenía yo para la mesa. Mi hermano tenía una novia española muy bonita, aquel día él estaba enfermo y ella le llevó uvas y manzanas y yo le pedí que no lo despertara. Ella movía los labios y cerraba los ojos, muy extraña, y le pregunté que qué hacía, y me respondió: ‘yo estudio para actriz’”.

La muchacha le pidió que le ayudara a ensayar. “Tras escucharme leer me dijo: ‘por qué no te metes de actor, lees mejor que mis compañeros’, y así me estuvo jodiendo mucho tiempo para que fuera de oyente a la Academia Andrés Soler, a la clase del actor Carlos Ancira, hasta que me convenció. Ese día cuando vi lo que hacían ahí, algo me pasó. Levanté la mano y pedí al maestro Ancira que me dejara subir al escenario, acabaron aplaudiéndome. Bajé bañado en sudor, el corazón se me salía. Ahí comenzó mi carrera, a la que tanto amor y tanto respeto le profeso”. Era noviembre de 1958.

Suárez inició en el teatro en los años sesenta, como parte de un movimiento conocido como La Gran Vanguardia, que puso en escena obras de Jean Paul Sartre, Kafka, Ionesco y Strindberg. En ese contexto se encontró con el gran mimo Marcel Marceu: «conocí a ese ‘pajarito’, como yo le decía. Un hombre frágil que parecía que se iba a desbaratar, un hombre hipersensible, un poeta, todo lleno de luz con quien tuve la enorme fortuna de aprender muchísimo en unos cuantos días».


Comedia y trabajo social

Protagonista de cintas como El mil usos (1981) o México, México ra-ra-ra (1976), Suárez se acercó después a dos temas que marcaron su carrera: el trabajo social y la comedia. «Yo venía de hacer teatro clásico, pero le metí humildad y me puse a investigar qué era la comedia, género que subestimaban mucho y hasta la fecha. Con el Instituto de Capacitación de la Industria de la Construcción hicimos cortos con los trabajadores de la construcción, yeseros, carpinteros, plomeros, para hablarles de amor, de relaciones entre padres e hijos, de alcoholismo, para enseñarles a leer, y ahí comienza mi labor social. Para hacer testimonios sociales agarro la comedia, vi que la comedia era más dúctil para que la gente entendiera un problema social, una crítica, porque si lo haces en serio no hay quien aguante. Yo no me considero comediante, no me molesta, pero soy un actor que toca la comedia, un actor de formación académica. Cada personaje que he construido es parte de mi historia, de mis carencias de niño de una familia desgajada, de mi primera infancia en el Centro Escolar Revolución, del almorzar con los albañiles, de mi vida en la colonia Obrera. Yo soy ñero, raza, calé del barrio de Xocongo, soy un ñero venido a más, soy todo eso».

Doctor Honoris Causa de las artes por la Universidad Mesoamericana de Puebla, distinción que comparte con Ignacio López Tarso, el actor reflexiona: «yo disfruto más el momento, trabajando. Los premios los tengo allá arrumbados, aquí no ves ningún reconocimiento. El pasado ya pasó, soy una consecuencia de ese pasado y el futuro no existe, él ahora es lo importante; mañana no sé si amanezca, y no volteo al pasado, en el pasado están los trofeos, el aquí es lo importante». Aunque dice que el futuro no le preocupa, el actor piensa en los jóvenes. “Me dirijo a los papás. No abandonen a sus hijos, cuídenlos, hablen con ellos, enséñenles las reglas, enséñenles que cada hijo es poderoso, que tiene magia. El ser humano está capacitado para curarse a sí mismo, para todo, pero no nos lo enseñan. Sabemos que la educación no empieza en la escuela, empieza en la casa».