Ofrendas, catrinas y pan

Por: Alberto Legorreta


La construcción de ofrendas a los muertos es una tradición en México desde la época prehispánica. Flores de tonos naranjas y púrpuras vibrantes, velas, alimentos, agua y sal son los principales elementos de nuestros altares tradicionales que -cuidadosamente dispuestos- se colocan en los cementerios, en las casas y actualmente también en espacios públicos y en áreas comunes de las grandes unidades habitacionales de la Ciudad de México.


Construyendo altares

En el Audiorama de la Unidad Lindavista Vallejo la ofrenda estuvo dedicada al señor Rodolfo Gómez Herminia, «incansable y querido trabajador de mantenimiento de esta unidad desde antes de que esta füera terminada de construir. El era plomero y electricista, por ello ve ahí su caja de herramientas, él conocía las entrañas de la unidad y siempre nos resolvía cualquier problema, en esta unidad los trabajadores son parte de nuestra comunidad.

Lamentablemente don Rodolfo enfermó y finalmente falleció este año 2019″, señalan doña Rosalía, administradora de la unidad, la señora Margarita Mendoza y la joven Cynthia Romero, principales organizadoras. “El 1 de noviembre (Día de los Inocentes) es para los niños que ya han partido, se les ofrecen juguetes y dulces, mientras que el 2 de noviembre se ofrecen para los adultos: alcohol, cigarrillos, cempasúchiles, pan de muerto y hasta objetos personales significativos para ellos en vida».

La celebración de vigilias junto a las tumbas, aunque sigue siendo un ritual común en muchas comunidades mexicanas, son ahora solidarias

verbenas populares en nuestras unidades habitacionales, que, en un sincretismo muy particular, cambian a presentaciones teatrales, vendimias que activan la economía de los condominos, concursos de disfraces para jóvenes y niños en donde se promueve su creatividad, el coro de adultos mayores Los Años Dorados, nuestro grupo infantil y juvenil de danza aérea, que cual barcas mariposas de la isla de Janitzio honran festivamente a nuestros muertos en este siglo XXI. Así preservamos nuestras tradiciones, permitiendo también el acceso a otras culturas», afirma doña Rosalía.

Aunque la costumbre se ha visibilizado aún más en la Ciudad de México a partir de los monumentales desfiles convocados por diversas instancias de cultura y turismo de la capital, la ineludible presencia de La Catrina inspira a cientos de personas para que se disfracen de este célebre personaje y coronar así lo colectivo de esta festividad. “Es tan emblemática nuestra calavera garbancera

-como la llamó José Guadalupe Posada-, que nuestras pequeñas bailarinas del grupo de danza de la unidad se caracterizan pintándose la cara con el estilo típico de La Catrina, acentos coloridos alrededor de los ojos y las mejillas y atuendos apropiados para bailar durante la ocasión, en la que los mismos jóvenes de la unidad fúeron los maestros de ceremonias», cuenta Doña Rosalía muy orgullosa.


¡Que viva el pan!

“Este pan dulce ligeramente con sabor a naranja y que tiene decoraciones que hacen recordar una osamenta bajo una capa saludable de azúcar, es otra de las partes indispensables de nuestras ofrendas de muertos», comenta el profesor Jaco- bo Corona, coordinador del colectivo social Ehécatl, Derechos, Identidad y Cultura A.C., organizador de la Primera Feria del Tradicional Pan de Muerto de San Juan de Aragón, que se llevó a cabo en el jardín Revolución del pueblo de San Juan de Aragón. «La elaboración de este suculento pan entre los ciudadanos y pobladores de San Juan de Aragón es una sólida costumbre que el colectivo Ehécatl promueve a partir de la celebración de esta feria.»

Don Jacobo encabezó también la construcción, en este mismo parque, de una gran ofrenda de varios pisos dedicada a las víctimas del 19 de septiembre y de los trágicos feminicidios en nuestro país.