¡Ese ruido me vuelve loca!

Por: Juana Otero


Una, dos, tres, cuatro, cinco de la mañana y sigue sin poder conciliar el sueño. Es lo mismo de todos los días, ese sonido, al igual que una gota perenne, taladra su cabeza hasta el grado de querer golpearla contra la pared y acabar con ese tormento que empezó hace un año cuando ella llegó a vivir a la calle de Orquídea, al oriente de la Ciudad de México, en un inmueble de interés social que adquirió con sacrificios, en una pequeña unidad habitacional de apenas 32 departamentos.

Nati, como le dicen los pocos vecinos con los que hizo “migas”, llegó con su esposo e hijo a lo que consideró sería su hogar, sin imaginar los días y meses de interminable horror que con el tiempo padecería a consecuencia de una mala planeación de la constructora, pero también de la indiferencia e incomprensión del resto de los habitantes de ese pequeño predio.

El motivo… una pequeña bomba cuya tubería está pegada a su re cámara, la cual tiene que funcionar las 24 horas del día, porque apagarla significa dejar sin agua a los inquilinos de la torre contigua, que como hordas furiosas arremeten contra ella y su familia, en medio de improperios y amenazas, al cuestionar la problemática.

Algo que parecía tan trivial de resolver se ha convertido en la manzana de la discordia entre los vecinos de las torres amarillas y azules, desde el momento en que la constructora les hizo entrega de la unidad. A este añejo conflicto vecinal, llegaron Nati y su familia. Al principio trataron de ignorar la situación. No era difícil, salían a trabajar, a las labores escolares, al mercado, veían los programas de televisión o escuchaban la radio.

El problema era en las noches, cuando todo se encuentra en silencio y cualquier sonido toma dimensiones desproporcionadas. Se podía escuchar cuando Celia ponía la lavadora alrededor de las 10 y a Federico, el enfermero, llegando en la madrugada después de cubrir sus tumos en el hospital de la zona. Todo se escuchaba con nitidez, gracias a las delgadas pare des que compartían unos con otros, sin embargo, nada era tan insoportable como el mido de la bomba, tan parecido al zumbido de los mosquitos que se introducen hasta las orejas y no te dejan dormir hasta que te levantas y los matas de un trapazo.

El eterno ruido de la bomba, esa vibración que con el paso del tiempo se convirtió en su tortura día y noche. Y que con nada se remediaba la insoportable complicación, ni siquiera al haberse mudado a la sala para poder dormir. Las horas de desvelo e insomnio poco a poco mermaron su salud. Su carácter cambió y su irritabilidad fue en aumento, al grado de que tuvo que utilizar los medicamentos que le recetó el doctor al que necesitó recurrir.

El primer síntoma fue el dolor de los oídos, después la comezón y posteriormente los fuertes dolores de cabeza. Terminó en el área de psiquiatría, donde le diagnosticaron distimia, un trastorno depresivo producto de la ansiedad, que le provocó además conflictos familiares, sobre todo con su hijo, que no entendía por qué no se arreglaba la insufrible contrariedad. De a poco, toda la familia terminó durmiendo en la sala.

¿Qué hacer para solucionar esta situación? Nati y su esposo durante meses buscaron el respaldo de los vecinos del mismo edificio con la finalidad de que la bomba se instalara en otro lugar. Sin embargo, el rechazo fue inmediato, ninguno de ellos quería un acercamiento con los ¨profesionistas¨ de las torres azules. De mucho título, decían; aunque sin una mínima educación. Ya en otra oportunidad les habían colocado avisos amenazantes en sus puertas: “pobre de aquel que moviera la bomba un milímetro”.

Devastada y deprimida, Nati abandonó su hogar y se fue a rentar a otra parte. Ahí, alguien le comenta: “¿por qué no recurrir a la Procuraduría Social de la Ciudad de México y denunciar esta problemática?, tal vez en esa dependencia pudieran apoyarla y entonces recuperar su patrimonio”.

El caos, los conflictos vecinales y la mala administración son recurrentes en la mayoría de las unidades habitacionales. Pese a todo, Nati decidió tomar “el toro por los cuernos” y afrontar la situación. Presentó la denuncia en las oficinas correspondientes y acompañada de funcionarios regresó a su casa, en la calle de Orquídea.

A pesar de que el ambiente sigue hostil, ahora sabe que cuenta con la ley a su favor. Por el momento, los representantes de la Procuraduría Social ya evaluaron el conflicto y buscan el acercamiento con los vecinos, se plantearon ya las primeras reuniones condominales con el afán de mejorar la calidad de vida de todos, pues incluso hacen falta luminarias en las calles cercanas para brindarles mayor seguridad.

Y si bien saben que es un camino difícil porque no se puede organizar a quien no le interesa vivir en comunidad, Nati y su familia reconocen que no habrá una solución inmediata, pero al menos hoy se sienten cobijados y con la confianza de que este problema será resuelto.


Qué dice la ley

La Norma Ambiental NADF-005-AMBT-2013 define los máximos permitidos de sonido en la capital del país: en un horario de 6:00 a 20:00 horas no se pueden sobrepasar los 65 decibeles; mientras que de 20:00 a 6:00 horas el máximo será de 62 decibeles.

La Ley de Cultura Cívica de la CDMX en su artículo 24 señala que son infracciones contra la tranquilidad de las personas producir o causar ruidos por cualquier medio que notoriamente atenten contra la tranquilidad o representen un posible riesgo a la salud de los vecinos. La Secretaría de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil refiere que la contaminación acústica produce afectaciones físicas y psicológicas. Por ejemplo, puede producir cambios en la presión arterial, modificación del ritmo respiratorio, tensión muscular, agudeza de visión, dolor de cabeza, tensión muscular y silbido en los oídos.